[Incertidumbre:
Dícese del sentimiento mas angustioso del universo en el cual te lleva la
chingada cada segundo con cada uno de sus intervalos.]
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[Indecisión: dícese
de algo que te jode cabrónamente a menos que le dejes, o no le dejes, o le
dejes, o no le dejes...]
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“Something
hurts inside… And it burns like hell.”- Claire
[o sea
resumiendo
estoy jodido
y radiante
quizá más lo primero
que lo segundo
y también
viceversa.
Mario Benedetti]
Como cada noche la criatura salía de su cueva ya que a la luz del día le
era casi imposible salir. El mundo, ahora extraño y poblado de eso que llamaban
humanos, había cambiado mucho desde la
antigüedad.
Su edad ahora era imposible de descifrar. Tras haber caminado con
hombres sin razón, casi animales como ella misma y sus instintos, ahora, este
ser bípedo con “inteligencia superior” se había propagado como plaga por el
mundo. De haberle encontrado, le hubieran sometido, torturado, aniquilado. Los sabía
y es por eso que se escondía.
Desconocía si había mas como ella en esta tierra pero lo dudaba y, si
existían, al igual que ella jamás saldrían de su escondite si sabían lo que les
convenía.
Hubo un tiempo en que la criatura había sido respetada, venerada y
temida. Objeto de leyendas en las antiguas tribus, adorada por nativos del
mundo, y más tarde, formó parte de la
mitología de muchas civilizaciones. A su paso por el mundo había dejado huella
en la vida del hombre, pero su existencia en un mundo racional era casi
imposible de considerar en un tiempo como este en el que bestias de metal se
abrían paso entre los bosques, las montañas, mares y cada recóndito lugar de
esta tierra que alguna vez fue virgen, salvaje… hogar.
Por ese motivo se había refugiado en bosques y desiertos. A veces, en
los periódicos amarillistas aparecían fotos borrosas de algo con un estúpido
encabezado como “Alien visto en la sierra” o “Yeti en mitad del cañón del
Colorado”. Pero eso solo eran inventos del hombre. Las verdaderas bestias que
reinaban el mundo jamás eran vistas, eran tan antiguas que aun a simple vista
eran difíciles de identificar porque tenían tanto tiempo en este mundo que parecían
parte de cualquier paisaje agreste.
Normalmente no convivían con humanos salvo contadas excepciones, ya sea
porque el humano fuera muy sensitivo y les percibiera en un llano o río o
porque este humano fuese requerido para cumplir alguna de las antiguas
profecías de las creencias, de los libros de vida a los que estos seres servían
y en los que basaban su existencia hasta que todo fue destruido.
Ahora no era posible escuchar las palabras del libro en el río, ni en el
bosque, ni en la montaña. Malditos humanos.
Por ahora, se alojaba en las montañas, escondida. Sus extremidades eran
largas y delgadas, huesudas y su piel de un pálido color verdoso y llena de
surcos profundos que parecían mas la corteza de un árbol que la piel de un
humano viejo. De forma humanoide, no tenia forma femenina ni masculina al ojo
humano y sus rasgos no eran bellos sino sombríos;
de ojos hundidos que, en la oscuridad podían brillar ante el mas mínimo haz de
luz, unos labios largos, delgados y agrietados que horizontalmente abarcaban más allá del limite de sus ojos, mandíbula
alargada y que terminaba en un cuadrado
al igual que su cuello. Su escaso pelo era del color de las hojas de maple
secas en otoño, largo hasta las rodillas en algunos mechones y corto hasta el
hombro en otras.
Sus pies de dedos largos y huesudos le gustaban mucho. Sus piernas eran
fuertes y le ayudaban a correr libre por las noches de invierno, en la nieve o
sobre las ramas. Adoraba escuchar a las pequeñas ramas y hierbajos del bosque
romperse bajo sus pies. Para cualquier otro ser no era más que un simple
“crack”, pero esta criatura conocía los lenguajes del agua y de las gotas de rocío,
y también el de las flores y ramas moribundas. Y cada sonido era en sus oídos
un grito agonizante, una suplica, un último estertor.
Cada vez que las pisaba, dentro de si, sentía el enorme placer de
terminar una vida, la conmoción de saber que ese ser no volvería, ni se
regeneraría como era originalmente y la paz que daba saber que la mayoría
estaban condenadas a la muerte solitaria sin nadie que les escuchara exclamar
una última suplica… al igual que ella.
A veces, en la soledad de la cueva, recordaba sus cruces con humanos, como
una niña de cabellos castaños vestida de rojo extendió su mano para suplicarle
ayuda cuando una criatura del bosque la devoraba tras haberle abrazado con
ternura y como, finalmente, esta niña se resignó a la suerte de ser devorada y disfrutó
el hecho de morir a manos de tan exquisito ser. Contempló la vida escaparse del
cuerpo de esa criatura y como en los últimos instantes de su vida, perdió la inocencia
para transformarse en un ser ávido de esa hambre, para después perderse para
siempre en las entrañas de alguien mas.
En otra ocasión, un hombre se había recargado en ella. Corría agitado
por un bosque; al mirar a las cuencas de sus ojos se dio cuenta que, tras lo
que sea que le hubiese sucedido, ese hombre ahora era tan salvaje como ella.
Gozaba de las noches de luna llena. Se recostaba sobre las piedras y
miraba el cielo la noche entera. Conocía las estrellas y sus posiciones y por
consiguiente podía saber donde aparecería cada una. Por eso esperaba paciente por siglos, hasta que aparecía una
en la que vivía una niña que echaba semillas en los cráteres para hacer crecer
lunas y que cada vez que caminaba dejaba a su paso una fina capa de arenosa de polvo
de estrellas. Como un fantasma se movía ya que podía aparecer y desaparecer
aunque, en realidad, para su visión que
era infinitamente superior a la de cualquier humano, solo separaba cada átomo
de su ser, cada fragmento de polvo y se reconstruía en algún otro lugar al que
viajaba.
Ese ser de polvo de estrellas era lo más cercano que había tenido a una
amiga en la vida.
Cada noche este ser contemplaba el cielo, escuchaba a las ranas,
dibujaba en la superficie de los lagos y corría matando y sembrando vida a su
paso.
Una madrugada, justo antes de amanecer, vio luces en la distancia y aun
antes de esto escuchó y sintió el temblor de la tierra. Antes de eso, solo
había sentido ese temblor cuando los caballos salvajes corrían por praderas… sabía
que ahora significaba algo completamente diferente.
Luces por la noche, ruido por el día. Los caballos de acero rompían cada
centímetro de roca y perforaban la tierra cada día. Aun en la distancia, podía
escuchar los llantos de las raíces siendo arrancadas y sabia que estaba mal.
Cuando acababa con una plata a su paso era algo natural, designios del
libro de la vida, pero esto, no era así. Esta rudeza era antinatural. El libro
lo decía. La crueldad necesaria para matar a un ser solo es valida cuando ese
es el destino, pero este no lo era. Esto era el trastorno de la vida, el libro
de la vida convirtiéndose en muerte. Desde cada rincón donde se escondía sentía a la tierra temblar y la montana
llorando en su lenguaje secreto.
Las nubes pasaban mas bajo, acariciando las cumbres con dedos como
tentáculos, consolándola, pero aun así, la montaña lloraba, y los arboles, y
cada criatura salvaje que al igual que ella debía ahora irse de su hogar.
Sentada en mitad del bosque, se concentró en escuchar cada lamento, en
que jamás se le olvidaran los nombres de los que se perdían para siempre en esa
matanza. Grabando sus gritos en la memoria ancestral cuando un grito diferente
se atravesó en su mente.
Primero fue un tronido, después el chirrido de metales retorciéndose y
un golpe muy fuerte acompañado de un grito.
Gatillada por algo inexplicable corrió hacia el lago y ahí, en medio
había un hombre que yacía bajo un montón de metal y se hundía entre el fango y
el agua bajo el peso.
“¡No te muevas, Mike! ¡Aguanta,
voy por ayuda!”, gritó otro hombre con botas y casco justo antes de dar
media vuelta y salir corriendo del otro lado del lago.
En medio, enredado entre cables una grúa que se había roto y ahora se
hundía rápidamente en las profundidades del lago, se encontraba un hombre que gritaba
adolorido y aterrorizado.
Observó como se hundía en el agua poco a poco y sintió su corazón
agitado en la distancia. Sin saber porque, dio un paso en el agua y así se fue
acercando al hombre primero caminando y
luego nadando bajo la superficie. Al
llegar a él sujetó el metal con una mano y con la otra arrancó los cables que
le mantenían unido al pesado metal que le arrastraba al fondo. Sujetó al hombre
con una mano y lo levantó llevándolo hasta la orilla.
El hombre que aun estaba conmocionado no se dio cuenta de que o quien lo
había sacado del agua hasta que estuvo en la orilla. Se aferraba al cuello de
la criatura y sus cabellos húmedos como a cuerdas de salvación. Fue hasta que
la criatura lo depositó en la orilla que
tras tomar aire le contempló.
Aterrorizado dio un salto hacia atrás tropezando con una roca y
resbalando en el fango. Su grito, con el aliento apenas recuperado, no fue muy
fuerte, pero si lo suficientemente aterrador para hacer entender a la criatura
que no importaba si le había salvado, ahora estaba aterrorizado por su causa.
Antes de que la criatura pudiese reaccionar el hombre se llevó la mano a
la cintura y de un cinturón sacó una navaja y la alzó entre la criatura y él.
Siempre la misma historia, siempre la misma reacción. Siempre la misma
historia.
Haciendo caso omiso de sus gritos y de cómo agitaba el cuchillo frente a
ella, la criatura dio media vuelta y se alejó en silencio volviendo a ese lugar
donde se guardan las cosas que nunca debieron ver la luz.
24 de marzo de 2011, 2:46 a.m.
Esa última línea se me hizo muy
triste…
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